Cuán voraz es la vida,
dejándote indefenso frente al mundo,
bajo la mirada de un ojo sin clemencia,
asediado por las moscas,
por rostros con afiladas fauces,
con las manos tiesas,
y un frenesí suplicante
de ya no despertar.
Cuán despreocupado es el destino,
rebajándote a un recluso con lepra,
entumecido como piedra,
pestilente y despojado de hambre,
de sueños, de cualquier sonrisa,
deseando un trago de agua bendita,
del veneno que detenga la carnicería.
Y en esta inmensa oscuridad,
oscilando como un alma perdida,
bajo las piedras,
gritando sin mover los labios,
en este cuarto de horas sin nombre,
cada vez menos sol fluye en tus venas.
El daño se queda para siempre,
un ímpetu salvaje,
el temblor que te impide morir,
hoy, toda dignidad estorba,
mientras los fantasmas
se deslizan por la pared fría,
aprietan tu cuello,
exhalan y muerden,
mientras tu sangre cae al suelo,
cae desde el cielo,
desde los dientes,
desde su lengua.
Y esta rueda que gira,
repite cada día su marcha,
manteniéndote estéril y desdeñoso,
loco y con espuma en el hocico,
persiguiendo una meta sin premio,
ahora que las semanas son meses
y años muertos bajo la tierra,
hay cada vez menos sol en la ventana,
y se añora tantita alegría,
una luz que permanezca,
por alguien que sin pensarlo sonría.

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