Pon tus ojos en el muro,
el color resbalará por tus mejillas,
caliente, rojo y nauseabundo,
el sabor es metálico,
tras de ti, cada temor y esperanza,
es una lucha a muerte
para materializarse verdad.
¿Cuál es el beneficio de perseguirse?
Entre tanto castigo libre por el mundo,
encumbrándose en cada cuerpo ajeno,
de colmillos rojos y manos que sudan,
marcando el camino a seguir o desviarse,
yendo descalzo,
cada hueso que se quiebra es una tarea injusta,
de ir y volver con el corazón hueco.
¿Quién o qué te harán regresar?
Con las manos colmadas de culpa,
manteniendo la cordura,
bajo la suave brizna de verano,
como si fueras testigo de un dejo por suceder,
un accidente o muestra de poder divino,
tu ocupación apremia,
olvidando lo que alguna vez soñaste.
Aquí, el dolor es ventaja,
con calor o frío para escoger,
una promesa que resbala por las mejillas,
el ciclo refutando morir,
un corte limpio, veloz,
desde la garganta que recita su plegaria,
es la poesía aquella hacia el infinito.
¿Por qué es tan maravillosa la brisa del sufrimiento?
Venida de los labios con rubor a mentira,
jurando frente a la llama que no se extingue,
vengarse queda encima de la mesa,
oficio superior o artificio vacuo,
la cruel marca de vivir en este mundo.
No existe la santidad,
cuando la paciencia se derrite en el género humano,
hoy, regalar lágrimas es inútil,
tarea que confiere esfuerzos,
trastornos y soñar con falsedad,
dejando a aquellos que deambulan con la boca
tan llena de moscas,
esperanzados por servirse una pizca de sal,
más no de aliento.
Tanto por decir,
ahogado en el silencio,
las sonrisas, el arrepentimiento,
el odio y la piel arrugada,
la sangre siempre gotea.
Gotea.

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