1
El recuerdo tuyo no brinda consuelo,
a este vivir como en un sueño,
tan libre y hermosa, plena, radiante vestida en gloria,
cuando habitabas la tierra a mi lado,
gobernamos en un pestañeo,
desde la torre más alta entre aquellas de piedra,
fue nuestro regazo de los dioses,
en su nombre y en el nuestro,
juntamos labios en un calor único,
el olor, el olor de tu piel con la mía,
nuestras caderas imprimiéndose
cada noche sobre un lienzo infinito,
hoy la luz del día me resulta despiadada,
ilusión de mil siluetas tuyas en el espejo,
un amor perdido, un amor único,
vuelve, amor, despierta de tu sueño,
asciende del hielo, de las llamas, de mis ansías,
tu esteta colmaré con mil pétalos de rosas,
por ti, devoraré todas sus espinas,
regalaré a tus pies una roca de la luna,
semejante a tu corazón para iluminar
el centro de la noche,
lo haré, haré todo por ti,
¿Qué más puedo hacer?
Sino emular el goce de nuestros ayeres,
cuando alzaba el sol su corona en nuestras cabezas,
y gobernábamos desde la torre más alta,
en el cenit, en nuestro regazo de los dioses.
2
Oh, edad que muerdes el velo del tiempo,
consumes a todos y cada uno alrededor,
ten en cuenta cuán limitada es la vida,
cuán frágil y perdida,
ven a mi, consuelo entre los cuerpos frondosos,
despierta a mitad de las noches sin luna,
aquí mis alucinaciones con los párpados cerrados,
engañando a mi corazón con fiestas de fuego y sangre,
de mis manos caen las llaves, la locura,
en mi desnudes un resplandor dicta destino,
enfrentado a un deseo imposible,
a librar peste y muerte por doquier,
por recuperar la inocencia de aquellos días,
cuando de mis labios,
sólo poesía amorosa brotaba sin censura,
y todavía ansío su calor,
todavía la recuerdo tras cada suspiro,
oh, dime dónde quiera que te encuentres, amada,
si también me recuerdas con cariño,
si también te urge reencontrarte conmigo,
tras los muros que dividen el valle oscuro
con este mundo de luz tan opaca,
dime si podré escapar del perverso resplandor,
donde mi realidad es hedonismo en la boca,
cuando día tras otro ignoro control,
y de noche vago por laderas en la bruma,
sobre páramos abrazados por la lluvia,
la interminable oscuridad de un cadáver seco,
un amante sin alma pero arrogante que le teme
a su espejo sin cristal, y ahora,
cada mancha golpea el suelo,
el hambre jactanciosa como maldición,
de mi cuerpo desnudo ante millares de rosas,
oh, puedes ver acaso, no soy ajeno al amor,
amor real negándome pobre felicidad.
3
De poco sirven las imágenes bellas del mundo,
si el corazón respira asco y miedo,
la penuria se resiste a fenecer,
tanto como la carne pútrida cuelga del rostro,
la misma maldición que late en la fosa de mis ojos,
reflejando estos labios secos de amor,
cuál es la excusa, cuál la realidad,
en reclusión voluntaria que sólo lágrimas
me obsequia tras cuerpos desmembrados,
he brindado a salud de majestades profanas
a costa de sangre y carne joven,
su alegría es delicia, su muerte necesario sustento,
pero quien si no, una sombra agota por excluirse decenios de luz,
y desde las horas en silencio de noche se arrastran sus motivos,
las carcajadas, huesos quebrándose como nubes negras,
quiénes son, quiénes si los hube matado a todos,
viviendo cual parásitos en mi penumbra,
siervos de la campiña de plata,
vástagos de los mares dorados,
pero, ¿Por qué ahora?
¿Por qué siempre?
Es insuficiente medir con despojos,
cuando mi odio por este hermoso mundo
es un tajante resplandor en el espejo,
y del peor de mis espantos,
todos y cada uno,
quienes han muerto,
decapitadas cruces, almas sin descanso,
levanta la luna en su mefistofélico signo,
todos y cada uno están aquí,
un sólo rostro hundido, la carne que devoré,
pero qué sucede en el iris dominado por la sed,
donde todos y cada uno son tú,
en todas partes donde llore,
y no es engaño,
todos y cada uno son tú.
4
Confieso la veracidad de mi don,
presa de ansiedades malignas,
mantengo despierto en los bordes de este
mundo en picada, campos grises de peste,
cada noche resulta una promesa prohibida,
esperando tu retorno entre guirnaldas rotas,
bajo la lluvia y sol inclementes,
un sueño dentro de otro,
los versos pedidos frente a tu lápida,
y es la pesadilla supurando almas de mi boca,
lo último y mortal, frascos de tiempo llameante,
colores que sangran desde el cielo,
quiero ver este mundo hundirse,
tanto arde la espina llegando al fondo
de mi corazón machacado,
y es verdad, verdad ante todo lo que juré proteger,
excepto tu vida, amada, de mi anhelo arrebatada,
y me pregunto todavía,
si habré de encontrarte cuanto más brille el fuego,
seré yo, entonces, plaga estremecedora,
cayendo tormentosa para asesinar la inocencia,
revelándome como la tortura,
la mía, quien soy, quien nunca morirá,
fundido en el exceso de los cuerpos que maté,
seas tú, la promesa máxima que aguarda en el paraíso,
y se me niega por cruel designio,
uniéndonos en la carne y hueso,
ceniza espesa sobre los labios,
juro ante la negra luna que emerge en la iridiscencia
antes del amanecer, devórame en los ojos,
un golpe que arranque mi cabeza,
la estaca directa que me acerque al calor de tus latidos,
avanzando hasta desaparecer,
y con el mismo resplandor mortecino,
sofocando mis plegarias.
5
¡Ahora! Emerge cual te ven mis pupilas,
en el corazón e inocencia de esta mujer,
santifico con leche el pasado y futuro,
nace de mis costillas, desnuda mientras te respiro,
es el vacío insoportable,
un fruto de la imaginación de flores sin brillo,
ahora, amanecen rojas las nubes como brasas y carcajadas,
seamos uno nuevamente, amada, amante,
rompiendo el papel impuesto a nosotros por el destino,
uno que jamás quisimos, reina de las almas perdidas,
harás un fuego y sea su labor arrebatadora,
nuestro reino en las alturas de la torre más alta,
refugio de ayer, la montaña de calaveras gritando,
el trono dorado revela nuestros mañanas,
dame paz, porque de ahora en adelante,
nos perseguirán diligentes enemigos,
pero de sus intenciones no temas,
porque el ocaso ya no es la muerte,
tan sólo un resplandor en el espejo de nuestra suerte,
cuánto habremos de resistir,
antes que nuestras torres caigan,
bebe entonces, amada,
de la leche que te ofrezco antes exhalar,
y se mía la eternidad y cuánto más duren las noches,
revela y aleja de las estrellas tu nombre,
dámelo a mi, antes, antes, antes
de disiparme tras el velo de la aurora,
entierra mi recuerdo en el aire que respires,
en los sueños de amor donde tú y yo gobernamos,
deja que este sol embarnezca tu vida,
hinchando tu corazón con bondad,
mira, si el ocaso acecha,
seas tú, resucitada, quien aleje para siempre la lluvia.
Ilustración por Yoshitaka Amano