miércoles, 19 de noviembre de 2025

ORQUÍDEAS SALVAJES

 

introducción

Considérame tu raíz,
bajo este cielo de cristal,
ilumíname con tu mirada,
soy el silencio que siento morir.


Hecho con voces

Habrán de transitar las cosas,
es ley en esta vida,
cortado el aire en los recuerdos,
cada día, antes del crepúsculo,
buscando un motivo,
una razón para la nostalgia, 
cuando inocente, todavía,
una flor brotó desde mi pecho.

Cuán sentimental,
si vuelvo de pie ante mi destino,
cuando en este mundo,
pareciese un arte novedoso 
el asesinato, infame, desprevenido,
frente al mortecino color de una vela,
a oscuras, donde el corazón
no levanta.

Pareciera un castigo,
hecho con voces,
aullando en un mar de viento y lluvia,
ofreciendo a la luz de una estrella,
cualquier sacrificio,
aquí, una herida, 
quizá sus lágrimas,
una raíz gruesa se aferra,
se aferra para jamás morir,
para jamás olvidar,
aquí estoy,
observando al niño que fui,
perdido en triste sosiego, 
sin nada más por decir.


La luna arriba y el sol abajo

Sucede ante la mirada,
cortándose en el viento,
en la espesa oscuridad
de un malagradecido corazón,
la voz en el centro de su cabeza,
noches sin descanso,
párpados que no duermen,
con la culpa a cuestas.

Florecer sin miedo,
aunque los días se repitan,
agrios y grises,
sin recordar un color alegre,
aquel susurro que desaparece,
tras una cortina de lluvia,
por qué de este lamento,
si mi nombre continua con vida,
ajeno a lo escrito en mi lápida.

Otra visión entre el agua sucia,
otro sueño de maligna fantasía,
sucumbiendo a las emociones,
a las lágrimas que se queman lento,
rompe con mi voz,
con los dibujos en la palma de 
cada mano sin moverse,
una luna, un sol,
en ascenso o detenidos en 
en el subsuelo, 
conciencia de colmillos
y pelaje áspero,
cual corona de resentimiento.

La última rosa del verano,
desvaneciéndose en la oscuridad,
rescata su aroma,
flota como en mi tórrido anhelo,  
dónde estoy,
sino en todos lados,
disperso en sangre y huesos,
vísceras que reposan 
y nada dicen,
salvo por la mirada de 
los gusanos, 
conocen la verdad,
y cada uno, 
como los hombres,
testigos y apóstoles, 
silenciados por 
pájaros en la noche.


Sin final ni hogar

Difícil tolerar un corazón herido,
callarlo sin misericordia, 
ante sus gritos de auxilio,
ahogarlo con negligencia,
aunque un infierno vaya
a matarte desde el estómago,
suba por tu cuello,
formando un crucifijo de manos,
pies, dedos, espinas y nervios.

Y volver a soñar parece imposible,
un acto de valor tan inútil,
el camino a seguir,
pero, dónde queda la justicia en ello,
dónde valerse por sí mismo,
andando entre espinas,
entre ceniza e insultos.

E importa nada este dolor,
cual día quebrándose ante la noche,
quedó sin voz,
con aroma a jardín tras una llovizna,
el venenoso hedor a muerto,
qué será de mi sombra
mientras sueño con otra imagen,
qué otra manera hay,
huir de esta vida a la otra,
sin final ni hogar,
a donde regresar.


El cuerpo que nunca estuvo

Quisiera por siempre capturarte,
retenida en el color de la pupila,
un suspiro, el momento,
la promesa congelada en el tiempo,
tu mano amiga,
y la navaja oculta por tu costado.
y el costado ocultando la navaja.

Tras el límite del día,
con ambos pies y mil pétalos
sobre la tierra, la sombra, el silencio,
recibiendo una mirada de regreso,
un sonido elevado, 
el pensamiento en sí mismo,
preparado, entonces,
siempre, siempre a morir.

Cayendo de un párpado a otro,
colores como rayas,
un dolor certero, privado,
este mundo gira y gira
sin remordimiento,
y yo jamás estuve aquí,
si acaso me escuchas,
nada tuve o tengo por decir,
desapareciendo sin rostro,
sin manos,
sin valor,
sin esperanza
ni semilla
(corazón).


epílogo

Es donde inicié,
en un cuerpo semejante,
victoria tras el espejo
de ojos negros,
y sonrisa enorme como
esta luna de enero,
esperé mi turno,
frente al sangriento
altar de orquídeas salvajes...



Ilustración de Orlando Furioso: Ruggiero y el Hipogrifo mirando el ejercito reunido por Gustave Doré

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