Surco por tus redes,
cual mosca de pesados remos,
luna de alteradas mieles,
en tu ojo cruel,
caí en cuenta de mi vileza,
de cada voz desprendida
por la noche inmensa,
infinita de recuerdos,
de lamentos que nadie escucha,
salvo en vivida congoja,
un desierto de mares rojos,
mi latido cubierto con arena,
hierve, hierve en sangre tupida,
temible hades,
centro de esta tierra sin nombre,
reconozco su cara,
en el aroma de mil flores negras,
brotando entre mis manos,
tan muertas como las rocas
que nada dicen, que nunca supuran,
santo remedio estos ojos por monedas,
bajo un trono a medio devorar,
así sea entonces,
sucumbiendo al beso de
los cuerpos sin sombra,
desnudos en su musculatura,
pardos y agrietados huesos,
en sus caras una mueca,
sin odio o ternura,
igual a mi alma, a mi soberbia,
regente, dicen las voces,
regente de un planeta despojado,
contemplando una caída,
el sobrepeso de un rayo entre la bruma,
temible hades,
estupor indomable
y suplicas en coro,
la noche está perdida
y será para siempre,
facultad directa para entender,
para soñar sin temer.

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