Hace tiempo,
llegó a mi ventana,
la resolana de un día,
tan brillante de arriba hacia abajo,
como de abajo hacia arriba,
iluminaba un jardín muy grande,
abrazado casi con cariño,
por una muy vieja casa de piedra.
Escuché risas,
llegando desde el fondo
de un largo pasillo,
cubierto con cuadros de rostros
antiquísimos y ventanas que
mostraban muchos lugares,
y cruzaba corriendo el eco,
de las risas y sus pasos,
cayendo como un rocío agradable,
sobre el pasto del jardín.
En el centro de ese edén,
alzaba gran sombra,
una higuera de familiar corteza,
salí de mi cuarto,
y mientras caminaba
bordeando el terrenos,
un calor inclemente apeó mis fuerzas,
y lloré como pocas veces.
Corrí para resguardarme,
a la sombra bajo la higuera,
y quedaron mis ojos absortos,
por su verde esplendoroso,
fresca subió la brisa,
por toda su complexión,
me sentí como en un sueño,
era un día que engalanaba
la pupila con su rigor,
entonces, una niña me sorprendió,
corría por todo el jardín,
asomándose a la sombra,
en más de una ocasión.
Subió a una de las ramas,
una muy alta,
me preguntó mi nombre,
su sonrisa, clara como
el agua de un río,
invitó a que corriera alrededor
de toda la corteza,
volvió a reír,
me gustó verla tan feliz.
Subió hasta la copa,
vi el mundo reflejado
en el iris café de sus ojos,
y fue bajando, como ayudada por las ramas,
sostenida entre hojas y frutos,
había algo dulce en sus palabras,
una sed de aventura,
y su única amiga,
la higuera, prometió cuidarla,
del calor, de la lluvia, del tiempo,
esta niña la abrazó fuerte,
sentí en mis manos el tacto,
como fulgor cálido de una estrella.
¡Qué vida maravillosa!
Me percaté tras el cristal,
de esta alegre niña,
quien jugaba bajo su higuera,
una amistad silenciosa,
un mundo inmenso por descubrir,
y corrió la niña alrededor,
cobijada por un cielo esmeralda,
una niña alegre,
convertida en
una mujer
muy hermosa.

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