no hay cura para la poesía...
Me perdí en un bosque,
una de tantas noches en mi vida,
pensando que sería la última,
con el tiempo contado,
con sudor llorándome
por el cuello...
Sentí vergüenza,
de robar un fuego
para calentar mis huesos,
del frío con el que
sueña la oscuridad,
pretendí recuperar
mi consciencia contando
de nueve a cero,
pero siempre en reversa,
una o mil veces,
pensando morder
el pico de una estrella.
Esperé, esperé revivir,
con ambas manos en
el centro de la hoguera,
jamás logré quemarme,
ni un solo pendejo,
ningún trozo ligero.
Soñé, soñé con un árbol
que hiciera cosquillas al cielo,
abrazara nubes con sus ramas,
para subir por su tronco,
mirar el mundo desde lo alto,
arrojarme al vacío,
donde espera la luz
de las estrellas en silencio.
Me regresó la vergüenza,
abandoné toda esperanza,
gozándolo en lo profundo
del bosque,
enterrando mis pies,
deseando con tanto anhelo,
crecer como el árbol,
deseé no ser un sueño,
ser tan real,
quemar algo en la penumbra,
en lo profundo de la consciencia.
Quiero llegue el momento de la verdad,
atrapado entre sábanas blancas,
porque algo se esconde bajo la cama,
revelándose a mis ojos,
cuando ambos parpados están
cerrados y quizá llorosos,
cuando mi cabeza
no distinga entre amigos
o rivales, cuando la pluma
chorree sangre como tinta,
escribiendo un manifiesto de vida,
consecuencias de una guerra,
bebiéndose en un trago,
toda la nostalgia maldita.
¿Qué es el ruido?
Oculto tras los matorrales,
algo oscuro que aprieta mi pecho,
congelándome los latidos,
dejando pegajosa mi alma,
sin buenas intenciones,
arde, arde, arde el fuego,
es verdad, en mi cuerpo
habitaron pájaros grises,
ratas de grandes ojos,
la misma alimaña que persigo,
poseído por tanta amargura,
éxtasis entre la etapa de sueño,
una cortina gruesa,
roja como el último
ocaso en mi vida.
¿Este es mi mal?
Lo que no conoce cura,
lo que dictamina mi voz,
contrastando presente y pasado,
cuando niño y muchacho,
un agujero postrándose en mis sentidos,
un veneno soltado de mi frente,
y me pregunto si fue la tinta,
con la que concebí poema
tras poema,
huérfanos de mi cadencia,
versos que dejé extraviados
en un bosque de noche.
Ilustración: El Sueño de Dante ante la muerte de Beatriz por Dante Gabriel Rossetti

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