Cuando el atardecer,
senté a escribir un poema,
frente a un barandal,
su vista abarcaba este mundo
y todas sus flores marchitas.
Tal cosa en verdad sucedió,
vertido en el exilio
con mis sueños
guardando silencio,
serenidad,
vigilante,
a la llegada de lluvia,
pero cada flor
había muerto.
Teñido con rojo,
el día,
uno entre miles,
con el ocaso
inmerso en la pupila.
Y arriba,
tejiendo un nido,
en lo profundo del espacio,
un valle tapizado con estrellas,
el filo congelado de una espada,
donde el sol despierta,
un tenue momento,
besando la frente de la luna,
un destino,
el sonido de una campana.
Escrito este poema,
en instante de la concepción,
de un mundo,
en medio de un torrente
de imaginación,
este poema...
Un amante,
sin voz
que le brinde uno
y mil suspiros.
Un árbol con hojas
esmeraldas,
ramas brillantes
como la plata.
Un sueño,
esta vida,
concibiéndose
primero,
en este poema.

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