Ayer en la noche tuve un sueño,
andaba por una zona lúgubre de la ciudad,
inventándome otra vida con los párpados cerrados,
todo el cielo era gris,
pero jamás llovió...
Tantos edificios que miré con recelo,
tristes, rayados y sin luz,
esperé en el centro de aquel baldío,
exiliado de mi propio deseo,
beberme toda la malta de un bar,
con música fuerte,
tal como siempre esperé,
y quise...
Cual hechizo embelesado,
sobre mi cabeza apareció un manto
de estrellas,
abrí mis puños,
sólo hubo gran oscuridad.
Una cadena detuvo mis pasos,
sobre aquel suelo de tierra encharcada,
y de frente, la misma ciudad inmensa,
siluetas de gigantes en la penumbra
con mil ojos parpadeando,
y a mis pies, un abismo negro,
tan hondo, peligroso,
acerqué la vista
y caí, soltando un grito
que nadie escuchó...
A las cinco de la mañana,
supe que todo lo soñé,
a centímetros de la nada que nunca
pude ver, a momentos de volverme
un fantasma que dormía,
dejando atrás la ciudad
que fuera mi reflejo,
un segundo entre el placer
y el horror...
Como un regalo,
las estrellas coronaron mi cabeza,
cerré los puños,
perdí el aliento antes de escapar,
y sólo hubo gran oscuridad.

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