Nos movemos con el sonido de las olas,
al pasar de los años,
parece que la vida,
está destinada a repetirse,
como si de un castigo se tratase,
el deseo de jamás haber nacido.
El tiempo parece un largo despertar,
colapsando la consciencia,
esperaría resolver todos los problemas,
vendiendo oportunidades perdidas,
mirando cada vez que sale el sol,
el absoluto muro de la muerte.
Para entonces,
habré desaparecido,
quedándose atrás,
el recuerdo de mis manos vacías,
sumergidas en agua fría,
de frente a un espejo cubierto con
una capucha negra.
Nada podría convencerme,
de esperar tantísimas horas,
¿Qué delimita la confianza
de la gran cobardía?
Todo lo ganado y perdido,
son claridad en el iris del ojo,
los caminos cerrados,
señales de lo que nunca obtendría,
mi pase directo para salir,
quemando mis naves.
Ir más lejos,
de este hipotético muro de la muerte,
caminando días hasta lacerar mis pies,
por qué, por qué,
siempre la pregunta,
encadenándonos a esta tierra fértil,
allá, donde la palabra es tiránica,
aquí, donde mi cuerpo es
un imperio de tierra,
allá, donde mi mente es
templo de las decepciones.
Qué será entonces de la vida,
estimando alcanzar algún destino,
ilusión o materia,
casi tocándolo,
la decisión más adecuada,
con lujuria e ira,
pasión y tristeza,
el momento definitivo de
esta existencia humana,
gloria o descenso,
atravesando el incesante
muro de la muerte.

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