Hoy los muertos pueden hablar,
bendícelos, Señor, que estás en todas partes,
cuando sus palabras crucen a través
de la porosidad de los muros,
cuando sus ojos se detengan
en el centro de este mundo,
mirando de frente al abismo.
Y aguarden, antes de siempre escapar,
como el agua de la lluvia,
a través de las bocas de inocentes,
un sueño que se desvanece para siempre,
antes de abrir los parpados.
Habrá un juicio que satisfaga el eterno deseo,
de sus sentimientos, sus vidas,
banderas que se queman al crepúsculo,
esperando un guiño fresco,
desde sus ojos negros.
Y ellos dicen,
hoy levantó el océano
su oleaje para chocar contra el resplandor
rojizo del amanecer,
a la distancia donde el mundo termina,
ahí, sobran sus palabras,
y una leve sombra,
acaricia las paredes con su mano helada.
Hoy hablan los muertos,
pero no con indiferencia,
a la eternidad que los somete,
ahora desprendidos de la carne y el hueso,
del dolor que conforma las etapas del corazón,
creciendo en negación,
y hablan con susurros cuando la noche
es más oscura, más silenciosa,
tal como si soñaran,
con la vida que se escapó de sus manos.
Los muertos pueden hablar,
y advierten el amanecer de un sol negro,
presagio de una vida basada en ilusiones,
cuando el cuerpo sucumbe a sus pecados,
el castigo de un Prometeo encadenado,
será la muerte para el mundo,
porque sólo en sus ojos,
quedará impregnada la verdad.

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