Intento desprenderme
de la pesadilla,
despertar en un suspiro,
pero el destino es
un reino que nunca llega,
una frágil prisión de carne.
Cuán densa es la oscuridad,
yendo paso a paso,
uno igual al anterior,
cuando el paraíso
es inalcanzable,
y las promesas eternas.
Me ahogo en decrepitud,
esperando inútiles años,
entre las intenciones frescas
e ideas de victoria,
por qué a mi,
si el sol brilla para todos,
es que sufro un castigo
entre la sombra de este sueño
sin nombre, sin alegría.
A cuál destino responde
el ser humano,
sin más palabra
que la propia,
con voluntad quebrada,
sin otro deseo que huir
de las ideas que gritan,
si la primera verdad
la tiene el alma,
deja abierta una ventana.
Quién puede saber,
si la vida nos pertenece,
si escribimos de ella,
sólo llanto y mansedumbre,
o alguna sonrisa oculta,
tal vez, me quede sin aire,
soñando con otro mundo,
en otro cuerpo sin daño,
algo que no sea esta cárcel,
donde sea.
Abro los ojos,
para dormir en paz,
gritando una salida,
de frente a la puerta,
cansado, perdido,
en un jardín de roca gruesa,
solitario, de rasposo cantar,
y sangre en lugar
de lágrimas blancas.

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