dedicado a Francisco Umbral
A lo que llegas con desear,
aquel sentimiento febril,
enclaustrado bajo la piel,
con todo ese calor que brinda
la caída del verano,
comienza para terminar
esta pronunciada mitad de año,
horas contiguas al atardecer.
Una experiencia desnuda,
en rostro simpático de animales,
hogareños que imitan la fiesta,
sin sabores, enajenación,
la propuesta indecente del licor,
quita la sábana, baja la arena,
cuando las noches son cortas,
cuando develar la fotografía
requirió aquel instante milagroso,
economía de aposentos,
calibrando diferente la hora.
A mi experiencia,
cuanto más te alcanza la edad,
menos disfrutas del verano,
una desesperación enervante tras otra,
permito entre palabras,
quede en libertad la poesía,
cuando mi voz resulta bajo tierra,
como en un castillo de piedra
caliza confeccionado,
mi realidad devino a un sueño,
esta emoción extraña y nocturna,
frialdad en mi tersa almohada.
Moviendo el espíritu alrededor del agua,
contando al revés la tan conocida historia,
volando a través del rojizo cielo,
cálida la piel en tu mano,
tan invisible a pesar de mis tantos suspiros,
quizá se deba a la nostalgia que no muere,
de treinta o veinte años,
todavía algunas caminatas requirieron
atardeceres bellos, interminables,
tormenta dentro de mi corazón,
un verano sin rostro
y condenado a morir.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario