Para cada momento,
de fúnebre duda,
lo mismo en el recuerdo,
de todas sus palabras,
aunque remotas,
aquí presentes.
Habló Cristo
a sus discípulos,
su mensaje,
su revelación.
Anochece,
en el cielo de la tierra,
transformando el día
en ceniza para emerger
luces en nuestros ojos,
humanos como somos,
con este miedo,
con esta duda,
y a pesar de ello,
nuestro corazón,
continúa latiendo.
Salve, líder de los hombres,
Verbo y Carne,
Hijo del Padre,
Dios misericordioso.
En tus manos,
nuestra salvación,
a pesar de las yagas,
de tu sangre derramada,
en Tu Nombre,
no hay dolor ni sufrimiento,
porque eres Dios y hombre.
Escuchen,
Cristo habló
a sus discípulos en la tierra,
en el aire que respiramos,
en el polvo que no vemos,
habló Cristo con nosotros,
más allá del tiempo,
en su promesa,
Señor,
en tu presente.
No exista temor
en sus corazones,
no habrá límite,
no hay rival para esta fe,
es suya
y para todos.
El amor no tiene costo,
el amor es uno,
es libre,
es hermoso,
es el Padre.
Allá,
en el centro de las aguas,
donde la tempestad hierve,
habló Cristo con nosotros,
atravesando la bruma,
ahí, donde siempre
ha permanecido,
en nuestro corazón,
latiendo.
Para siempre.
latiendo.
Para siempre.

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