Tan cerca de encontrar la verdad,
cuando el sentimiento de la venganza,
finalmente, se despide,
agitando su mano en el aire,
adiós, le digo, adiós,
hasta siempre,
las ondulaciones están
filtrándose por mi pecho,
un tambor semejante a un latido,
fijándome en la orilla del agua,
el mundo, límite de la tierra,
mar, cielo, universo,
donde hablan las estrellas,
y no detienen su galope,
brillando frente a mis ojos,
aquí en esta calle, mientras la luz
de la tarde extingue su ilusión,
tan cálida, tan cremosa en su haber,
los cuerpos se van navegando,
agitan sus manos en el viento,
ondeándose como banderas,
tejidas en su propia corpulencia,
grandes y desconocidas,
mientras los demás,
somos juguetes sin alma en este mundo
loco, aunque la verdad no pueda saberse,
y esta desesperación, es cercanía con el hogar,
es la distancia en nuestro deseo,
oculto, por viajar donde nadie conozca tu rostro,
tu nombre, donde libertad es sinónimo de
fastuosa voz y momentos de júbilo,
porque las palabras van y vienen,
tras catorce años de poesía,
la práctica me ha enseñado,
a divagar y empujar el sentido hasta su límite,
hablar con decencia, iniciar un ritual para
extirpar los dolores,
he empujando,
he jalado las cuerdas,
mi cordura puse a prueba,
con versos fáciles, falsos,
con líneas donde perdí la métrica,
soslayar el rechazo que significan mis recuerdos,
y mis versos, nada significan a la serenidad,
parten siempre de la furia,
y situado en una calle cualquiera,
donde la muchedumbre pisotea las flores,
no puedo predicar más,
no puedo practicar lo que aprendí,
valiéndome de perdonar u odiar,
desestimando una sonrisa dibujada,
en el rostros de las banderas,
y la veo, quemando su origen,
porque todo tiene su costo,
en catorce años de poesía
y contando,
y empujé,
lo sé,
con ánimo de asesino,
empujé,
empujé,
los límites de mi mismo,
el control,
hacia el filo en la orilla,
una y otra vez,
sin retribuirme nada,
empujé una y otra vez,
despidiéndome,
adiós, sentimiento de venganza,
todos los rencores que hube recolectado
como piedras en el camino,
como arena en la boca,
como gotas de lluvia en los ojos,
andando sobre cualquier calle,
el ocaso de los cuerpos,
arremetiendo contra todos,
donde las joyas esperan manchadas
por cualquier aliento,
por cualquier lamento,
y se van tan indiferentes,
porque no les importa el genocidio,
no les interesa lo que hay más
allá de la vida, una expectativa,
un mar, una tierra, un cielo, un universo,
porque las noches son calurosas
y nuestros días un tempano de hielo,
nadie habla igual que antes,
pero se inquietan por la justicia,
hija bastarda de la venganza
o acaso, es lo contrario,
quién engendró a quién,
mientras Dios mira y permite
que todo suceda,
lo tiene programado,
en su magnificente máquina,
dibujando cualquier calle y el sol,
son jaula y barrotes,
son descorazonadas simulaciones de objetos,
de emociones, placeres tan humanos
como un desvelo entre carcajadas,
y los monstruos que no tardan en venir,
devorarse la juventud,
y no quiero que te vayas,
no tú, juventud,
pero acompañas el sentimiento de venganza,
los rencores que hube recolectado,
como piedras en el camino,
y este camino es la vida,
con sus minutos y horas,
con sus días y años,
y a veces,
todos nacemos gritando,
a veces, vivimos llorando,
mientras, nos dañamos en el silencio,
y perdemos la memoria
al día siguiente.
Ilustración: La destrucción de leviatán, por Gustave Doré

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