Amarré mi cordura,
para alejarla del límite,
un abismo presente,
para contener lo que nunca podré,
un arrebato de emociones,
el último impulso,
antes de morir.
Este mundo,
supone un terror continúo,
una suerte de peligros,
distracciones por el camino,
un enorme vacío,
que no puedo enmendar.
Una prisión de cristal,
un barra de concreto,
la eternidad es un sueño,
un arma sobre la cabeza,
tantos días cobijados
por la desilusión.
Oré,
no por mi salvación,
oré como nunca,
y caminé a pies descalzos,
sobre el vidrio roto,
sobre el fuego,
vi lo que Dios tenía para mi,
miré en el fondo,
ahí estaba el abismo,
vi lo que el destino
significaba para mi.
Demasiadas noches,
despertando en
brazos de la locura,
humo y espejos en mi boca,
posando como figura,
en mármol esculpida,
vistiendo traje de gala,
bebiendo de una botella,
en medio de una calle oscura,
deseando morir,
despojarme de esta
humanidad tan cruel.
Oré,
para encontrar paz,
en mi espíritu tribulado,
parecía un juego,
con navajas filosas,
cortando la piel,
una aguja,
un carrusel,
el líquido fue saliva,
un horror, un vicio.
Oré,
por los demás,
oré,
descubriendo una
manera de vivir,
porque Dios,
siempre escucha,
y aquí voy,
con mi fe por bandera,
oré,
aprendiendo,
todos los días,
Si el tiempo es un enigma,
mi consejo,
es que no debe ser comprendido,
sino aprovechado,
en su duración,
hay una misión en todos.
Oré,
para conservar mi fe,
aquí voy,
como siempre,
todos los días,
aquí voy.
No pensando en decepcionar,
sólo hay un Mesías para mi,
esperanza,
valor,
tengo aferrados en mi corazón.
Voy caminando sobre las llamas,
con mi fe por escudo.
Ilustración: Atribuido a Magdalena por Mateo Cerezo

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