El blanco en tu púpila es nada,
obra insipida que absorbe la lengua,
hoy, la broma tiene pies y cabeza,
el reflejo brusco en el centro de un espejo,
de un pecho a punto de sangrar.
La esperanza muere al último,
llevándose un ladrido entre los ojos,
cruzando la esquina, el portal que medita,
tras el soplar del viento convertido
en escamas y remanente de ceniza.
Y cuando todos miran,
pierdes tu privacidad,
así el destello en tu frente caduca,
pierdes lo que sigue,
pierdes tu mente,
la pierdes,
pierdes,
pierdes.
Quedan palabras por decir,
lugares por visitar,
planetas los cuales habitar,
en tus sueños lo imposible es el presente,
viviendo de la explosión que te catapulta,
del límite sin luz,
de aquel desague tan humedo,
tan recondito a tu saber.
Aquí todos temen,
al cuerpo en el espejo,
a sus manos llenas de lo que deseas,
un monstruo sin nombre,
arenas movedizas cual sombra,
cuál es el sentido de su ganancia,
de tu desmedida esperanza,
cuál es el propósito de vivir,
en esta rutina mecánica sin final.
Y cuando todos miran,
tu privacidad es nada,
cuando todos miran,
arrebatan tu alma,
percuden tu corazón,
tan inmóvil, sin consecuencias,
perdiendo algo más que tiempo,
perdiendo y con yéndote a la nada,
torciendo tu mente,
y perdiendo,
perdiendo.
Ilustración: "María Magdalena penitente" por Gustave Doré

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