Sígueme por el pasillo alfombrado,
finito mar de silencioso terciopelo,
vamos a la deriva,
a tu libertad con una condición,
promete iluminarme
con la luz en tus ojos,
pasando tanta oscuridad,
vayamos despacio,
como si tuvieses que cantar
en susurros,
como si el mañana
fuese igual a hoy.
Vayamos a dormir,
encontrándonos en praderas
detenidas en el tiempo,
donde las nubes no envejecen,
el cielo no marchita su color,
ese en tus ojos,
moviéndose a la par de mis manos,
envueltas con el aire,
y desde tus párpados,
apenas escapará
la promesa de una luna canosa.
Es verdad,
cuan vehementes son los deseos,
realizándose a través de la carne,
la nuestra, a pesar de
las advertencias
gozo o dolor,
hermanos de penosos de la
lujuria,
diáfanos hijos de la belleza,
sabernos unidos o alejados,
más allá del amor,
de la ternura
o el miedo,
suficiente violencia
sobre un espejo
de aguas luminosas.
Nada es posible,
mi hermosa,
lejos de tu verdad,
pronunciándose tras
el bochorno de cada despedida,
palabra a palabra,
su peso es la extinción,
arrasando mares con polvo,
el cielo despejado
con marejadas de fuego,
dime tú,
la verdad y nada guardes,
sabes si pertenecemos,
a la vida
que imaginamos,
o al mismo sueño,
perdidos.
Ilustración: "Finales de octubre" por John Atkinson Grimshaw

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