Cuán inocente,
e inexperto,
presumiendo tu libertad,
un dote prestado,
de la juventud,
en aquel entonces,
cuando pusimos
distancia a todo,
y daba igual la vida.
Jamás imaginé los golpes,
cayendo duros,
precisos,
pero deseé mucho sobrevivir,
aunque no como quise,
y este día,
lo que soy,
es mera inspiración.
De qué sirve la empatía,
salvo para sentir
y nunca soñar,
una nota triste,
una pluma suelta
en el viento.
Solo de madrugada,
los mismos poemas
llegan una y otra vez,
colores perpendiculares
de irreconocibles estrellas,
cascada de latidos
y el recuerdo,
de cada lágrima
de inocencia perdida.
Ilustración: "La sonámbula" por Ivan Mykolayovych Kramskyi

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