A todos los habitantes,
bailen para sus amos,
encuentren en sus rostros,
el deseo perdido
de los muertos.
Una mosca pegada en la pared,
temeroso ser humano,
con la mirada perdida en el cielo,
vestido con el negro de la noche,
bajo sus párpados,
habitan para siempre,
el remordimiento
de los que se fueron.
Ciudad de ignorantes,
huesos comestibles,
aquí las balas son
bendición del aire,
democrática elección.
¿A quién vas a rezarle?
Somos máquinas sin voz,
nuestra alegría,
marcada por el dedo del Diablo,
somos una bomba de tiempo,
explotando donde
los inocentes nacen.
Vamos sin encontrar un nombre,
santo, pecador, humano,
expectativa media para vivir,
esclavos de la nada,
cuando matar no es suficiente,
nuestro sufrimiento es
un tesoro enterrado.
Sociedad suicida,
vertidos desde los ojos en el cielo,
a una vida que pronuncia mal
las vocales, las fracciones,
máquinas tan imbéciles
con problemas diminutos.
Sociedad suicida,
disponiendo de su sombra,
un ramo negro de flores,
cazando los gusanos,
las babas, los minutos,
son prestados,
a la sociedad que nada significa,
en sus palabras,
la culpa es un estado superior
de consciencia.
Es la vida,
una frágil línea
que divide perder de ganar,
un permanente vacío existencial,
o un drama cuyo final,
es una pesadilla
descomunal.
Ilustración: Sangfrais por Michel Lagevin

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