Somos victimas,
de nuestros planes
en esta vida,
de nuestra presencia
vertida en el mundo,
anudando estrellas en
nuestros huesos al morir,
ignorando esa verdad
que tanto nos
susurra al oído.
Arriba, muy lejos,
donde nuestros nombres,
quedan en el mito,
nada hay por agregar,
libertad, placer, bienestar,
un sueño que roza
la perfección del amor,
luminoso como un sol
que se inmola en cada
amanecer.
Somos victimas,
de nuestra propia humanidad,
dolientes en la carne,
temblando cuando la
noche acerca nuestra
imaginación al abismo,
en un tiempo casi perverso...
Afuera no es distinto,
o mejor,
cuando el final está cerca,
como un agujero profundo
en el cielo.
Si bebemos,
para dogmatizar las pastillas,
si sufrimos,
ante los recuerdos de nuestro
pasado, lejano, inmediato,
mirando lo roto,
en cada movimiento de
nuestras manos,
tras cada palabra que hierve
encima de nuestra lengua.
Somos victimas de
nuestro miedo,
mezclándose lento,
dentro de la vena
corriendo, ahogado,
por el río de la sangre.
Olvidamos para comenzar,
recordando antes de morir,
la presencia de la culpa
acosando nuestra vida,
Ay, de todo el tiempo perdido,
una distancia que no
se puede cruzar,
real y descarnada,
como una operación a
corazón abierto.
En mis últimos minutos,
escogí sacrificar
esta vida...
Ilustración: "Los Filósofos" por Dorothea Tanning

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