El olor, aquí los cadáveres acechan,
curando con fuego,
las enfermedades de mañana,
asoma por vez última el sol,
bajo el párpado de los condenados,
es y será el mismo baile por cumplir,
para los ángeles sin alas ni esperanza.
Medianoche pálida en mis manos,
acto de crear sin reservas, sin mesura,
dame la pluma, mi sangre será la tinta,
mi piel, hojas sueltas al aire,
es este mi último domingo,
desapareciendo en total oscuridad.
No más reyes o reinas que dicten caprichos,
levantando llamas en sus pupilas frías,
con las manos sometidas a su sombra,
nada quedará entonces,
ni siquiera el sueño eterno de quienes
esperan renacer a gritos,
cadáveres en afilado rito,
incandescencia nada más.
Tan grande puede ser el universo,
en cada alma incendiándose,
atrás queda su piel, sus intenciones,
alguna vez humanos de resplandor,
la mentira viajando en una caja,
ahora, imposible de describir.
Aquí, los errores son ceniza,
aquí, las voces son eco en la pared,
una bruma que asfixia pero no mata,
polvo de estrellas en las mano,
una moneda en cada ojo,
incapaz de bailar con huesos humedos,
alguna vez, trató la vida de candidez y ternura,
ahora, la sangre está seca
y la paciencia termina,
en un fuego de motivo y satisfacción.
Bien tuve a esperar,
el golpe de la música,
en el despertar universal,
Gabriel con su trompeta,
paz, alegría, pasión, ira, decepción,
estos labios encontraron la verdad,
las horas a punto de concluir,
su ciclo finito, una vuelta al mundo
cuando el sol parpadea,
cuando el mundo es tan diminuto,
frágil e indefenso.
No más peleas por la carne,
queda una luz por apagar,
cae la noche eterna,
el invierno más frío,
alza el fuego en el círculo perfecto,
crematorio de lo que sucedió en vida,
dulce y querida vida,
fuiste lo que debió ser,
golpe de congoja y júbilo,
queda entonces el rastro negro,
de nombres ficticios,
de los cuerpos que fueron
bendiciones bajo la flama.
Bien tuve a esperar,
por todo el polvo cayendo del cielo,
sueños inertes que fueron del techo estelar,
resplandecimos a la visión,
de envolvernos el rostro,
a mano armada con ese
manto de la revelación.
Ilustración: "La caída de los condenados" por Peter Paul Rubens